(Inicio-Mi Biografía)                La Historia del Suicidio de Un Joven Gay de 14 Años - Robbie Kirkland              (English)

Un Cuento de Navidad Gay
Por Bill W.
Capítulo 2 – El Primer Espíritu

Pat no pudo dormir mucho, ya que una luz muy brillante, que parecía invadir todo el cuarto, lo despertó. Primero intentó protegerse de la luz cegadora, pero no pudo permanecer mucho tiempo con los ojos abiertos; entonces oyó que le hablaba una vocecita como de un niño.

–Voy a tapar un poco la luz de la verdad para que puedas verme –dijo la voz, y Pat pudo ver la forma de una niñita que llevaba un casco.

También observó que el resplandor aún intentaba escapar por debajo del casco, pero al menos ahora podía verle las características. Al mirarla detenidamente, vio que tenía el cabello blanco como la nieve y llevaba puesto un camisón de color blanco, largo y suelto. La niña no parecía tener más de once o doce años.

–Soy el espíritu de las Navidades pasadas –se presentó–. Levántate y acompáñame, por tu propio bien.

Asustado, pero sin valor suficiente para desobedecer al espíritu, Pat se levantó y siguió a la niña hasta la ventana más próxima. Sin dudar ni un instante, la niña abrió la ventana y extendió el brazo, antes de llamarlo.

–Sujétate de mi mano y ven conmigo –le dijo con voz tranquilizadora.

Pat, que aún no sabía por qué estaba siendo tan obediente, tomó su mano y juntos, salieron por la ventana a un lugar que le resultaba vagamente familiar.

–¿Sabes dónde estás? –le preguntó la niña.

–Pues se ve diferente, pero... ¿no es esa la casa donde vivía cuando era niño?

–Exacto –le respondió la niña–. Acércate un poco más –al avanzar, llegaron a un ventanal que había en la parte delantera de la casa y Pat se asomó.

–¡Pero si soy yo! –exclamó Pat bastante desconcertado al verse a sí mismo de niño–. Ya me acuerdo. Ésta fue mi Navidad favorita. Fue la Navidad anterior a la muerte de mi padre y siempre recordaré con cariño el tiempo que pasé con él. Mira, me está ayudando a armar el tren que me regaló, ese que ahora tenemos en el sótano. Se lo regalé a mi hijo cuando tenía más o menos la misma edad que yo en ese entonces; yo tenía diez años esa Navidad.

–Y seguro que tú quieres a tu hijo igual que tu papá te quería a ti. ¿No es así, Pat? –la niña lo observó detenidamente mientras él seguía mirando maravillado la escena navideña, y se dio cuenta de la felicidad que empezaba a mostrar su cara.

–Por supuesto. Y además, espero estar siempre ahí cuando me necesite –agregó Pat, limpiándose una lágrima que se le escapó al pensar cuánto extrañaba a su padre. Pat giró ligeramente la cabeza hacia otro lado, porque no quería que el espíritu de las Navidades pasadas lo viera llorar. Sin embargo, cuando volvió a mirar por la ventana, la escena había cambiado y el niño que había adentro tenía un año más.

–¿Qué pasó, espíritu? ¿No podemos regresar? Quiero seguir viendo aquella Navidad y de ésta prefiero no acordarme –no sólo se sentía triste, sino molesto porque en vez de la euforia de hacía unos instantes, ahora sentía una gran tristeza.

–Debemos recordar y aceptar lo bueno y lo malo, Pat, y esto también es parte de tu vida –Pat simplemente asintió; no podía hablar porque sentía un nudo en la garganta. ¿Por qué tenía que haberle recordado lo solo que se sintió esa primera Navidad sin su padre? ¿No podía haberle dejado disfrutar de la felicidad de la Navidad anterior? Todavía estaba dándole vueltas a eso cuando se sintió transportado bruscamente a otro lugar. Esta vez se encontró afuera de una casa desconocida, con gente que no le resultaba familiar. Sin comprender por qué estaban ahí, decidió preguntar.

–¿Por qué me traes aquí? –inquirió.

–Quiero que veas y sientas el amor y la felicidad que hay en otras familias en esta época del año –le explicó la niña. Aceptando su respuesta, Pat miró en silencio por la ventana y observó a un guapo adolescente de pelo rubio, al que sus padres adoraban y consentían. Vio cómo el niño recibía sus regalos y los abría rápidamente, con gran entusiasmo y emoción.

–¡Es increíble! ¡No puedo creer que me lo hayan comprado! –exclamó el niño.

–Bueno... –dijo el padre–, si no lo quieres, todavía se puede cambiar por otra cosa –el padre intentaba parecer serio al mismo tiempo que le guiñaba un ojo a su esposa, pero era evidente que una sonrisa estaba empezando a asomar en su rostro.

–¡Ni de broma! –gritó su hijo–. Sabes cuánto hace que quería esto y ahora no me lo van a quitar –el niño se abalanzó y abrazó a sus padres efusivamente antes de darle un fuerte beso a cada uno–. ¡Gracias! ¡Muchísimas gracias! ¡Los quiero mucho! –añadió.

–Nosotros también te queremos mucho, hijo –respondió la madre, y los dos le devolvieron el abrazo, felices de sentir el afecto de su hijo.

Pat se volvió hacia el espíritu para ver si lo estaba observando a él o la escena que se desarrollaba frente a ellos, pero al notar que ella seguía asomada a la ventana, se volteó de nuevo y descubrió que otra vez habían cambiado de lugar. En esta ocasión, había un joven de pelo negro sentado junto a una niña más joven, probablemente su hermana, mientras los padres les entregaban una gran cantidad de regalos. Los dos niños abrían ansiosamente los paquetes para ver lo que había dentro y a continuación, le daban las gracias a sus padres por haberles dado un regalo más de su larga carta de obsequios de Navidad. Cuando terminaron de abrir todos los regalos, los dos se acercaron a sus padres y los abrazaron por la cintura, diciéndoles cuánto les agradecían y cómo les había gustado todo lo que les habían dado.

Pat sintió que los ojos empezaban a llenársele de lágrimas mientras presenciaba la escena y bajó la cabeza para secárselos con la manga. Cuando volvió a mirar, se encontraba de nuevo frente a su propia casa, mirando por la ventana; era la Navidad de hacía cuatro años.

–¡Papá! –exclamó su hijo– ¡No puedo creer que me hayas dado tu tren a escala!

Su hijo de diez años daba brincos alrededor de él, encantado de recibir algo tan significativo.

–Fue un regalo especial que me dio mi papá la última Navidad que pasamos juntos y siempre le he tenido un cariño muy especial. Ahora quiero que lo tengas tú y espero que lo aprecies tanto como yo.

–¡Claro que sí, papá! ¡Seguro! –le prometió su hijo, mientras se lanzaba sobre él para colgársele del cuello– ¡Te lo agradezco muchísimo, papi! Puedes estar seguro de que lo voy a cuidar siempre y algún día, se lo voy a dar a mi propio hijo.

Pat se quedó inmóvil, contemplando la escena que se desarrollaba ante sus ojos y recordando lo bien que se sintió en ese momento. Fue casi tan maravilloso como la Navidad en que él mismo recibió el regalo. Volviendo su atención a la escena familiar, se oyó decir a si mismo:

–Y todavía no hemos terminado... –le dijo a su hijo, dándole tres regalos más. El niño, emocionado, aceptó los regalos y los abrió, entusiasmado por lo que había adentro.

–Son más piezas para el tren –le informó Pat–. Así, será incluso mejor que antes. Espero que podamos agregarle algo nuevo cada año y que podamos disfrutar juntos viendo cómo crece.

–¡Muchas gracias, papá! –exclamó su hijo entusiasmado. ¡Es la mejor Navidad de toda mi vida!

De repente, la escena empezó a difuminarse y Pat descubrió que estaban de nuevo en el mismo sitio donde habían empezado el viaje. Juntos, el espíritu y él volvieron a entrar en la casa, pero en cuanto le soltó la mano, la niña desapareció. Al ver el reloj, se dio cuenta de que sólo habían pasado cinco minutos, aunque a él le habían parecido horas. Cansado de tantas emociones, Pat decidió volver a recostarse. A los pocos minutos, se había dormido otra vez.
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Basado en
un cuento original del nombre "A Gay Christmas Carol" (Un Cuento de Navidad Gay) por Bill W; Derecho de autor © 2000-2009 por BW, Todos los Derechos Reservados; Utilizado con permiso; Modelado en "Una Canción de Navidad” por Carlos Dickens; Haga clic en el siguiente enlace para ir al sitio de Bill W. (en ingles) http://bwsryc.gayauthors.org/agcc/index.php

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